NZ | Viajando a dedo por Nueva Zelanda

Entre las miles de dudas que tenía hace 9 meses, una de ellas fue saber de qué manera iba a viajar a lo largo y a lo ancho de las dos islas. En los grupos de Facebook y blogs de viajes hablaban de que una de las mejores era comprandose una Van o station wagon y equipándola con lo necesario para vivir en ella, “nada mal” pensé.

También leí mucho sobre los vuelos low costs, la posibilidad de alquilar CamperVans (lo que en Argentina serían las casas rodantes) y alguna posibilidad de “Relocation”, algo así como encargarte de reubicar un auto a su lugar correspondiente y usarlo gratuitamente en su trayecto. Sin embargo me interesaba mucho más otro estilo: hacer dedo, algo que al parecer no es muy habitual en los latinos que llegan a Nueva Zelanda.

En terminos generales si busco algun tipo de motivación, ese algo sólo tiene que tener la palabra “desconocido” al final. Por eso es que este estilo de viaje poco conocido entre la gente que me rodeaba en NZ me llevó a iniciar un viaje desde la isla Norte hasta la isla Sur, pasando por su capital en el punto que divide las aguas.

Para los escepticos o reacios a este estilo de recorrer las rutas, debo reconocer que tiene algunas contras aunque las ventajas son suficientemente satisfactorias para olvidarse de las primeras. Muchos pensaran que el mayor beneficio es el ahorro en el transporte, y en verdad lo es, si hablamos solamente de lo económico. Sin embargo, salir a la ruta tiene esa motivación intrínseca de conocer historias, las historias de aquellas almas solidarias que dan una mano a un desconocido. Si tenes dudas sobre lo que te podés llegar a encontrar, creo que lo siguiente puede ayudar a tomar la decisión, la bitácora de mi primer viaje a dedo por el país “Kiwi”:

Adiós Papamoa

Luego de mi sentida despedida de Papamoa, la que fue mi casa en los primeros seis meses, me propuse hacer todo el trayecto a dedo para conocer personas de la isla norte que rondan otros ámbitos, que tienen otras visiones, otros caminos. Así fue como un viernes a las 7.18 am puse un pie en la Autopista Estatal número 2 y empecé mi trayecto con dirección Sur.

No pasaron más de 20 minutos que tenía a la primer persona ofreciendo su aventón.

“Listo, este día va a ser espectacular” pensé, pero la mujer se desviaba un poco del trayecto planeado así que fue descartado. Suele pasar y no viene nada mal como para matar las altas expectativas que tenía previamente antes de empezar, lo curioso es que luego pasaron unos pocos minutos para hacer efectivo el primer aventon del día, en este caso un conductor de clark (esos tractorcitos que manejan en las fabricas y que en inglés se llaman “Forklift”) de nacionalidad India que se lo notaba muy cansado por haber laburado 12 horas seguidas. Fuimos hablando en el trayecto que duró media hora y terminamos en un supermercado comprando cerveza. En realidad le negué el ofrecimiento con gentileza porque desayunar con Heineken no era una de mis prioridades del día … aunque me da curiosidad saber cómo hubiese terminado después de un par de “chelas” matutinas.

La lluvia venía amenazando con serias intenciones de largarse con de todo y complicaba un poquito más la llegada a Wellington. En verdad eso es lo que yo pensaba porque al poco tiempo de de estar esperando en una esquina, escuche el bocinazo que me indicaba que tenía otro tramo asegurado. Esta vez eran cuatro indios haciendo turismo (mejor dicho un paso fugaz por lugares turísticos), lo que implicó parar cada diez km, sacarse selfies en 20 segundos y volver al auto para seguir. Un ritmo que me costó distinguir si lo estaban disfrutando o lo estaban sufriendo.

En fin, a esta altura ya se habían derribado todos los prejuicios sobre la gente de esa nacionalidad, con la cual no había tenido la mejor experiencia en la empaquetadora de kiwis. Si, tengo que reconocerlo, me había generado un prejuicio importante aunque no fui el único que tuvo malas experiencia de compañerismo. Sin embargo moverse permite conocer otra gente y formar otra opinión. Eso es lo que me gusta de mochilear. Por eso recomiendo hacerlo.

Más tarde llegó el tercer auto que fue un regalo caido del cielo.

Llegamos a Wellington!

Una pareja de filipinos estaba visitando los lugares más conocidos por la isla norte y se dirigían nada más y nada menos que a Wellington! Obviamente no podía dejar pasar la oportunidad y el último tramo del camino lo hice solamente con ellos, una suerte épica. Charlamos de la Working holiday, de Singapur, el pasado español de Filipinas y de la vida tranquila en Nueva Zelanda. Fue una conversación más que interesante hasta que flaqueé y pasé a estado de hibernación por unos minutos (para ahorrar energía obviamente).

Cuando llegamos a la capital nos sacamos una foto y les hice un pequeño regalo por el buen gesto que tuvieron conmigo. El día se había acabado y no quedó otra que ir a dormir para recorrer un poco la capital al día siguiente.
Gracias a Juli, otra viajera de Working holiday que me ayudó con el alojamiento, pude conocer esta ciudad y para ser sincero me pareció una de las mejores capitales que conocí, que no fueron muchas en realidad (sic). Lo que más me atrajo en un principio fue la cantidad de vida y de buena onda que se puede respirar por las calles, a pesar del viento que hace acto de presencia en cada esquina de la ciudad.

Como nada es para siempre mi buena suerte había terminado: mi mochila dijo basta y no soportó el flagelo que arrastraba desde Colombia y tuve que cambiarla de emergencia por una GLOBETROTTER II SUPERFANCY WATERPROOF UNLIMITED EDITION… (esos benditos nombres exageradamente marketineros en algo tan simple como una mochila). Agarré la que estaba en promoción y listo, ya estaba preparado para cambiar de isla.

Hola isla Sur!

Existen
dos maneras de cruzar hacia South Island: a través del Interislander, el buquebús lujoso de Nueva Zelanda o por avión. Como el pasaje de buque es caro y el de aerolinea low cost es económico, me decidí por este último ya que además me
permitía aterrizar en Christchurch y ahorrar un buen tramo por tierra. Ah, por esas cosas de la vida no mencioné el objetivo final del viaje: el pueblito más lindo de Nueva Zelanda, Queenstown. Un lugar al que le dediqué un post exclusivo por lo vivido en esas dos semanas (LINK).

 

El famoso interislander

 

 

Así fue como tomé el avión de Jetstar bien temprano y al cabo de 1 hora estaba en la ciudad “Terremoto”, también conocida como “La Iglesia de Cristo”.
 
Analizando las probabilidades de pasar una noche en Christchurch o dormir en Lake Tekapo opté por esquivar la gran ciudad. Sí, el mismo lugar que adopté como segundo hogar semanas despues me pareció insípido en un primer contacto. Tal vez fue el día frío y gris con el que me encontré o también fue la influencia de los comentarios negativos que había recibido de mis amigos. De hecho ni siquiera había llegado a la parte céntrica de la ciudad donde se observa el destrozo por el terremoto y ya sentía ese escalofrío correr por mi espalda. Todo por un prejuicio, no lo hagan.
 
Lo siguiente fue recoger la mochila que había despachado, encontrar la puerta más cercana y ponerme a hacer dedo.
 
La primer persona que me paró fue una señora con la que compartí vuelo, una gran casualidad teniendo en cuenta que en esta ciudad hay muchos autos dando vueltas por la zona del aeropuerto. Ese iba a ser el primero de una sucesión de varios “aventones” que marcaron lo diferente de este segundo tramo con respecto al primero. 
En realidad no fue tan malo este comienzo si no que la vara había quedado muy alta en la isla norte, solo 3 veces levanté mi pulgar para llegar a Wellington. Y como de todo se saca algo positivo, de esta sucesión de tramos puedo mencionar las locas personas de estos encuentros espontáneos:
  • Un militar neocelandes que volvía de una mision “secreta” en medio oriente (no me quiso decir de dónde venía).
  • Un campesino que no podía creer que yo estaba haciendo dedo para llegar a Queenstown (A cada respuesta mía le seguía un “WTF!!” de su parte).
  • Un señor que vivía en su propia Van y al cual le obsequié un hermoso paraguas (me lo olvidé en el baúl para ser sincero).
  • Un chico recuperándose de sus problemas con la ley…y yo deseando que no se mande un moco manejando.
  • Un abogado que conocía al dueño del casino de Queenstown y me ofreció su teléfono para pedirle trabajo.
 
Y luego de viajar con cada uno de ellos llegué con la última luz del día a Tekapo, un pueblito a la vera del Lago homónimo. Como si fuese un regalo de bienvenida me encontré con con manto blanco que cubría absolutamente todo, era la primera nevada del año! Ya la suerte había empezado a tomar otro color.

De las veces que vi nieve, ésta fue la más impactante.

En estos tipos de viajes hay que saber capturar los mensajes que te dicta el camino y la nieve me estaba diciendo “si no te quedas dos días acá te vas a arrepentir, bo” (una nieve uruguaya) por lo que no lo dudé en reservar dos noches y quedarme a recorrer un poco.

Luego de visitar algunos lugares en esta zona, los cuales mostraré proximamente, me propuse llegar a Queenstown al final del día. Es verdad, no me quería ir de este pueblito que me había recibido tan bien y por eso había demorado la partida hasta después del mediodía. Por haber hecho eso, las cosas se complicaron.

Los autos pasaban y pasaban, ninguno paraba. Esperé pacientemente sabiendo que ésto es parte del “hitchhicking”, hay que saber ser paciente y hacer todo lo posible para que el próximo se apiade del mochilero.

Así y todo pasaron 30 minutos y nada. 1 hora… nada. 1 hora 30 minutos… solo un amague. La caida de la noche con la brisa helada me estaba quitando las ganas de estar parado esperando por un auto que quizas nunca pararía. Y como esas pruebas de resistencia donde la gloria viene casi en la agonía, apareció el auto que me llevaría hasta Wanaka. Sí, en el trajín de la espera decidí que lo mejor era parar en Wanaka ya que estaba unos kilometros antes.

La escena siguiente fue digna de una película como Pequeña Miss Sunshine. La señora abrió la puerta y me dijo que subiera, o mejor dicho eso le entendí con las señas. Cuando intento abrir el baúl del Honda Fit una cara del tamaño de una estatua de Rapanui se avalanzó sobre mí y me hizo saber que no era bienvenido en su auto. Ya dudando de que pudiera viajar más de 100 kilometros con ese pitbull asesino a mis espaldas, miro a la señora y le pregunto: “Está segura?”. “Si si si, no te preocupes que no hace nada”.

OK, hubiera sabido antes que era la reencarnación de Lassie asi no me cagaba en las patas cuando abrí la puerta, me dije en silencio.

Luego reflexioné y me di cuenta que iba a ser la única chance en el día de llegar a Wanaka por lo que tuve que aceptar la condición de que el pequeño can me soplara en la nuca todo el viaje. Y sí, si uno pudiera elegir las condiciones para viajar a dedo tampoco sería divertido, así que a darle para adelante.

Así fue que me acomodé como pude, metí los pies entre los restos de comida chatarra que había en la alfombra y comenzamos a charlar. Bueno, en verdad fue practicamente un monólogo porque no entendí ni jota lo que me decía. Al cabo de unos 20 minutos me di cuenta el motivo: la señora no tenía dientes, se los había sacado ese mismo día en Christchurch por una infacción y se estaba acostumbrando a hablar así.

La situación ya era bastante bizarra y como si fuera poco a mitad de camino se escuchó una explosión en la parte de atras del auto, dejándolo rengo. Acto siguiente nos tiramos a un costado de la ruta y nos pusimos a cambiar el neumático que se había pinchado. Que mala suerte!

Sinceramente, ya había pasado suficiente para recordar ese día por lo que lo unico que esperaba era llegar a Wanaka y dormir profundamente. Creo que al desearlo tanto me terminé durmiendo y el resto del viaje se hizo mucho más corto por lo que el objetivo ya estaba cumplido.

El placer de verme cerca del lugar final.

Al día siguiente el trayecto fue mucho más fácil de hacer, simplemente bastó coordinar con gente del hostel donde me había hospedado y llegamos por el camino de “alta montaña”, uno de los más lindos de la región. Sin más tramos por recorrer ahí es cuando pude decir Fín del viaje!

Era el fin del viaje y el comienzo de una experiencia distinta en el pueblo más lindo de Nueva Zelanda. Sin embargo las historias no se quedaron ahí, porque viajar a dedo se puede hacer desde casa hasta el trabajo, o desde el trabajo al supermercado, etc. y siempre surge algun tema de conversación distinto. En una ocasión pude dialogar con un chico que viajaba mucho a la Patagonia argentina y chilena, y me llamó la atención porque lo hacía recurrentemente a pesar de lo caro de los pasajes. Le pregunté por su profesión y me contestó que era escalador profesional desde hacía unos años y viajaba por el mundo haciendo lo que más le gustaba. Ante mi ignorancia le comenté que tal vez a mi me gustaría hacer algun curso para aprender y escalar por el mundo (ésto me hace acordar a mi amiga Bel de Camina este mundo) y él solo atinó a hacer una sonrisa para no ser descortés. Me dijo: “Si esperas 10 años… porque eso es lo que tarda la aprobación del certificado de escalador”. Claro, jamás me hubiese imaginado que a los 16 años una persona puede tener tal convicción de su vocación como para esperar 10 años en tener un diploma pero él me demostró que esa gente existe y es feliz con lo que hace.

En otra ocasión me topé con un francés a la vuelta del trabajo e intentamos dialogar torpemente sobre nuestras historias, la Working holiday y los planes para la temporada de invierno. Él no hablaba muy bien inglés por lo que notaba que cada pregunta mía terminaba por incomodarlo. Entonces pensé en hacerle una ultima pregunta sobre sus aptitudes en la tabla de snowboard ya que al ser del sur de Francia debe tener mucha habilidad en esta actividad invernal. Lancé la pregunta en el aire y me contestó sin apartar la vista del camino que solía ser muy bueno pero que un accidente lo dejó afuera de la montaña para siempre. Repregunté qué había pasado y me dijo con lágrimas en los ojos: maté a dos personas, por eso dejé de ir a la montaña. Sí, definitivamente esa fue la última pregunta del día.

Mu

 

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