Aprendiendo a los golpes

 

Uno de los objetivos de este viaje a Europa era hacer voluntariados para aprovechar los lugares de la manera que más me gusta: pausada y conociendo locales. Así es como llegué a la región de Tarragona (España) con el objetivo principal de trabajar un poco, ahorrar en alojamiento y visitar Barcelona que quedaba a 165 kilómetros. Hice contacto con una persona a través de Workaway y empecé el intercambio.

El voluntariado en sí se basaba en la construcción de un cuarto para voluntarios usando solo los recursos disponibles en la finca, mayormente piedra, arena, tierra y agua aunque este último escaseaba ya que el lugar no tenía agua corriente. Para obtener este recurso preciado había que esperar a que llueva (raro en la zona), pagar un camión cisterna o ir a buscar a las canillas públicas del pueblo más cercano y como el recinto estaba ubicado entre L´Ampolla y Perelló, ninguno quedaba cómodo para ir todos los días.

Siempre le di importancia al agua por lo que este voluntariado puso a prueba todo lo que había aprendido sobre el cuidado del mismo. Por supuesto que no estaba solo en el desafío, compartía el lugar con un granjero ingles, unos jóvenes galeses, un ingeniero francés (que había dejado todo) y la dueña que también era francesa. Era un grupo heterogéneo en el cuál cada uno tenía una historia para contar y además aportaba su conocimiento y su visión, siempre con el común denominador de ayudar estando lejos de casa.

Tomando un vermouth con el grupo

 

El día amaneció con un frío patagónico que nos hizo olvidar que estábamos en Cataluña. Cielo completamente nublado y viento incesante, definitivamente no era un día de trabajo. El día anterior había llovido desde el amanecer hasta el ocaso por lo que ya eran dos jornadas sin realizar ninguna actividad en este workaway. Como en este tipo de proyectos no hay intercambio de dinero, me despreocupé por no trabajar porque sabía que el techo y la comida estaban garantizados.
Esperamos unas horas y todo seguía igual, entonces con los galeses decidimos ir al pueblo a realizar algunas compras y a pasear un poco para sentirnos nuevamente en la civilización. Pasado el mediodía pudimos realizar alguna actividad pero en realidad todos estábamos esperando la hora de la cena para terminar el día que no había sido muy productivo que digamos. Preparamos la cena, comimos, se hizo de noche y nos quedamos charlando.
Como me sentía con mucha energía sabía que si iba a mi carpa no iba a dormir entonces agarré el celular y salí a caminar. Al principio la idea era caminar unos veinte minutos y volver, luego se convirtió en una caminata de una hora hasta el pueblo más cercano.
A medida que caminaba pensaba en lo cómodo que me sentía al estar alejado de la vorágine de la gran ciudad, del estrés, del ruido, del cemento. La reflexión iba acompañada con las luces del pueblo que empezaban a encenderse a lo lejos, todo congeniaba para ponerlo en un video clip y pasárselo a un cantante de pop. Lo estaba disfrutando.
Siguió anocheciendo y me fijé en el mapa cuánto faltaba para llegar a Perelló, como no quedaba mucho me convencí que podía ir hasta allá y conocer el pueblito de noche. Hasta en una de esas había un bar abierto y podía tomar unas cervezas con el borracho del pueblo que de hecho no era una mala idea para una noche diferente. Fueron pasando los minutos y la oscuridad hacía el camino cada vez más peligroso, no se veía practicamente nada. La situación pasó de la paz a la intranquilidad y como sabemos la mente siempre juega a favor de lo que nos genera adrenalina. Entonces en un momento pensé: “¿Y si de repente aparece una pantera negra? No hay casas hasta llegar al pueblo y no pasa nadie por esta calle…”Al instante me percaté que no hay panteras en Europa pero igualmente empecé a dudar que la decisión de ir al pueblo en total oscuridad fue lo mejor que pude haber hecho.
Unos minutos más tarde escucho ladridos y un animal negro que sale corriendo hacia la calle. Lo primero que pensé es “Pantera!”. Me quedé parado 1 segundo hasta que me di cuenta que el animal se dirigía a mí con una velocidad que no era propia de un perro. Mi reacción fue empezar a correr de manera desesperada tratando de escapar del bicho, cosa que hice solo por 10 metros porque cuando me estaba por alcanzar tropecé y caí de costado sobre el asfalto. Me intenté reincorporar para ver donde estaba el animal y lo ví regresando a su casa, evidenciando que era un perro.
Lo siguiente transcurrió entre la bronca por haberme asustado y el dolor terrible por el golpe: recuperé las cosas que se me habían caído y me volví a la finca con la mano y la cadera llenas de sangre (FOTO solo para no impresionables) . Cuando llegué, me desinfecté como pude y me tiré al colchón sin poder pegar un ojo en toda la noche. Al otro día fui a la comisaría a denunciar el “ataque” del perro y el unico policia del pueblo tardó una hora y media en llegar para luego ir a la sala de emergencias y esperar otro tanto más por temas burocráticos. Ahi apareció nuevamente la bronca por el clásico ninguneo del seguro médico y la mala atención del centro asistencial pero por suerte siempre hay gente que se sale del molde  e intenta ayudar a toda costa.
Un señor de unos sesenta años irrumpió en la sala y le ordenó a la de recepción que me atiendan. Discutieron en catalán por lo que no pude entender mucho sin embargo percibí que el hombre pertenecía a la municipalidad del pueblo y quería que la consulta se facturase a nombre del municipio. Eso fue lo que sucedió.
Después de las curaciones y de que las enfermeras que me cuestionaron porque el perro no me mordió (increíble pero cierto), el señor me contó su historia y del motivo de su acción. “Pertenecí 30 años al sindicato, defendiendo los derechos de los trabajadores y no cobré un solo euro. Hoy soy regidor de Perelló y sigo viendo situaciones injustas como la tuya por eso es que actué, no me podía quedar de brazos cruzados, si llegas a tener algún otro problema aquí tienes mi tarjeta.”

 

 

En ese momento comprendí por qué había llegado hasta ahí, la grandeza de este hombre valió todo. Bueno, digamos que hubiese preferido conocerlo sin perder un pedazo de carne pero las buenas personas aparecen cuando tienen que aparecer y evidentemente no hubiese ocurrido de otra forma. Con el ánimo por el piso, su gesto me sirvió para levantarme y decir “es un raspón, es todo parte del viaje” y a veces es tan simple alegrarle el día a una persona…
Unos momentos más tarde fuimos a buscar al perro y encontramos al dueño que tenía un inconfundible parecido a Don Diego, el padre de Maradona. El perro que en realidad era hembra se me acercó casi en un gesto de arrepentimiento (a veces me sorprendo como entienden todo) y el dueño se mostró dolido por lo sucedido. Después de una charla amistosa entre él y el policía, se hicieron las pases y se cerró el capítulo.
Otro aprendizaje más en este largo viaje, eso sí, la próxima vez va a ser con más cuidado.

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